"Un aditamento importantísimo del atavío femenino durante el siglo XVIII lo constituyó el abanico, auxiliar de cualquier actitud galante y que, manejado de forma experta, tenía también una especie de mensaje. (…)
El abanico era uno de los objetos de exhibición, por excelencia, personificaba como ningún otro aditamento femenino aquel afán de aparentar, de ocultar (…)
Nada mejor que un abanico para acompañar el melindre y la afectación de las petimetras, sus manejos medio audaces, medio pudorosos(…)
La forma de abrir y cerrar el abanico, de susurrar a su sombra, de dejarlo caer para que alguien lo recogiera, eran partes de un complejo ceremonial.A la sombra del abanico, en efecto, se deslizaban confidencias y atrevimientos, se desgranaban risas, se disimulaba el rubor, se enviaban miradas prometedoras y se acercaban rostros (…)
Sin llegar a la exageración de la reina Isabel de Farnesio, que dejó una colección de 1.626 abanicos, era la adquisición continua de este complemento femenino uno de los gastos superfluos que habían pasado a ser más necesarios para las mujeres y más temerosos para los maridos".